EL TIEMPO, JUEVES 8 DE DICIEMBRE DE 1974 – POR RODRIGO ARBOLEDA HALABY
Se murió Monseñor José Joaquín Salcedo
Un “Quijote” en pleno siglo XX
Gran educador, inspirador de varios programas de gobierno, creador del estudio de radio y televisión en Sutatenza, Boyacá, este padre, conocido por muchos como “Monse”, siempre tuvo un mensaje para Colombia.
En Miami otoñal, el alma de un Quijote moderno partió en su viaje cósmico al infinito como enredada en el aspa del último y tropical molino de viento imaginario contra el cual estaba luchando: el de la Desesperanza Latinoamericana.
Y le digo Quijote porque era flaco, larguirucho, con nariz aguileña pronunciada, de una apabullante fragilidad física, que disimulaba sin embargo, picarescamente, un huracán de vitalidad que disparaba
A toda hora destellos de genialidad.
Amigo y defensor de los pobres y de los desposeídos, consejero de los poderosos, mandón incorregible, filósofo reposado y profundo de la realidad Latino Americana, Monseñor José Joaquín Salcedo, “Juaco” para unos, “Monse” para otros, se nos fue con su Revolución de la Esperanza enrollada debajo de su brazo, hacia la Fuente Última y Primera de la misma Esperanza.
Fue el Gran Educador, y solamente tuvo un aula y una escuelita: un estudio de radio y TV en Sutatenza, Boyacá, un pueblito olvidado de Dios, Macondiano.
Alvin Tofler se inspiró en su obra cuando escribía su libro La Tercera Ola. Fidel Castro lo invitó insistentemente a Cuba, sin éxito, para montar allí dichos programas.
Universidades de muchos países le visitaron para aprender de él.
Programas de gobierno tuvieron como piedra angular su filosofía de educación integral y de mejoramiento del potencial humano. La Educación a Distancia de Belisario se inspiró en gran parte en la obra de Monse. El haber educado más de 4 millones de campesinos, enseñándoles no solo a leer y a escribir, sino a sentirse dignos, útiles, efectivos colaboradores de la sociedad, todo esto sin tener que construir miles de edificios, ni aulas, sino utilizando tecnologías de la era moderna del transistor, de la TV, y aun de los computadores personales, es una proeza que pocos gobiernos pueden darse el lujo de pregonar. Especialmente si nos damos cuenta que todo esto lo hizo cuando todavía no se alcanzaban a vislumbrar los objetivos y repercusiones de la Era de la Informática.
Es irónico y paradójico, por decir lo menos, que Monse precisamente orientó toda su vida a despojar de todo personalismo la labor educativa que realizó. Pero “no hay profeta en su tierra”, y Monse tuvo a la larga más acogida y eco fuera de Colombia que dentro de ella. Respetado y reverenciado por Presidentes y dirigentes internacionales de primera línea, como los gobiernos e instituciones de Alemania y Holanda, y por los Rockefeller en EE.UU. aconsejando -no siempre con éxito y muchas veces con frustración- a los tres últimos Papas, (legendarias son sus discrepancias con ellos en materia de La Procreación Responsable). Monse fue todo un empresario de la era de la informática y de sus aplicaciones prácticas en materia educativa. Pero en Colombia su fortaleza e independencia le generaron reacciones múltiples que le bloquearon su misión.
En Venezuela, sin embargo, logró proezas inimaginables. En EE.UU. el Media Lab de MIT estudio con detenimiento sus conceptos educativos para aplicarlos en sus programas de computador.
Cuatro libros y numerosos artículos de prensa en varios países de América y España, entre ellos una biografía publicada apenas un mes por Luis Zalamea en Miami titulada muy apropiadamente “El Quijote Visionario”, nos dejan un legado de inspiración y motivación que no deberíamos desaprovechar.